El fallecimiento de una persona suele tener, como consecuencia, que se inicie entre sus seres queridos un proceso de duelo que, entre otras cosas, implicará momentos de tristeza y complejidad emocional para quienes los viven. Pero, en determinados casos y circunstancias, es posible que haya otros testigos que vivan toda la situación de primera mano sin tener una vinculación familiar ni social con quien fallece. Es el caso de los cuidadores.

Estas figuras cobran gran importancia en casos como enfermedades prolongadas o personas de muy avanzada edad que tienen dificultades para valerse por sí mismas. Los cuidadores tratan, de forma profesional, de ser una extensión del cuerpo de la persona a la que cuidan para asegurarse de que pueda llevar una vida más cómoda, reciba siempre la atención y cuidados que su situación de dependencia requiera y, además, se ocupe de que no le falte nada en el día a día.

Las personas que se dedican profesionalmente a esto pueden, de un día para otro, conocer a una persona con la que van a trabajar. Esa vinculación se convierte, aunque ambas partes se conozcan de un día para otro, en una relación necesariamente estrecha y cercana, en la que la confianza mutua y la comprensión deben estar a flor de piel por ambas partes y en la que la persona a cargo de los cuidados deberá entregarse.

Pero este no es un empleo al uso. Estas personas no son colegas de trabajo sin más, sino que las peculiaridades de la ocupación convierten estos nexos en uniones que hay que cuidar y proteger. Si el cuidador no lleva bien a cabo su trabajo, si se ausenta, la persona anciana o enferma se encontrará en una situación de extrema vulnerabilidad, lo que implica que la confianza deba ser total.

Y esa confianza provoca que, en muchas ocasiones, este acuerdo profesional termine por convertirse en profundas amistades, grandes relaciones personales que trascienden a lo laboral y que llevan a otra dimensión una unión en principio casual. Lo que implica que una persona que en un primer momento estaba aceptando un puesto de trabajo termine involucrada en un proceso de duelo cuando llegue el momento.

Las enfermedades prolongadas o estados de salud precarios en edades avanzadas dan pie a lo que se conoce como el duelo anticipado. Esa sensación que provoca el estar junto a una persona con conocimiento pleno de que su fallecimiento puede darse prácticamente en cualquier momento, pero que precisamente da pie a ir asimilando esa realidad y, en los casos que se alarga más de lo previsto, también permite tener una buena despedida e incluso zanjar cualquier posible asunto pendiente.

Los cuidadores, sin en principio ser familiares ni amigos de la persona enferma o dependiente, se encuentran ante una situación que provoca una inmensa empatía: viven casi en primera persona el avance de un problema grave de salud, con lo que al mismo tiempo crecen en su interior emociones diferentes, pero no contradictorias: a menudo que avanzan los pensamientos positivos sobre la nueva relación, la realidad va llamando a la puerta recordando por qué se encuentra en esa tesitura y asumiendo el futuro próximo.

Es por esa proximidad por la que el papel del cuidador es tan importante: será la persona que más tiempo pase junto a aquellos cuyo fallecimiento se prevé, quien le acompañe hasta el último día y el que facilite que, en la medida de las posibilidades personales de cada uno, pueda desempeñar una vida plena.

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