Cuando se habla de síndrome post-vacacional, casi inevitablemente pensamos en alguien volviendo a sus obligaciones laborales tras un periodo de desconexión en la playa, en la montaña o en un viaje. El despertador, el teléfono sonando, las responsabilidades y las citas obligatorias son especialmente costosas tras esos días de relajación y libertad. Pero, aunque sea lo más corriente, también puede haber componentes que interfieran en las emociones que esta etapa del año nos despierta.

Especialmente, mezclar el síndrome post-vacacional con un proceso de duelo: ¿Qué ocurre en estos casos?

Las vacaciones, para bien o para mal, nos dan una tregua. El tiempo de asueto nos distrae, la vida social aumenta y los días se llenan de actividades, playa, cafés, familia y amigos. Ese ajetreo, el aumento del ritmo durante unas semanas, nos lleva casi inevitablemente a pensar menos en lo sucedido… Pero no eternamente.

Cuando vuelve la rutina y las distracciones desaparecen, poco a poco, llega el momento de asimilar. Es a partir de ese momento cuando asumimos que nuestro ser querido realmente ya no está: ya no podrá llevar a los nietos al colegio cada día, prepararnos el café por la mañana o tener una charla después del trabajo. Y, en ese punto, nos damos de bruces con la realidad. Y necesitamos reestructurar nuestra vida diaria.

Esa reestructuración nos puede ayudar a gestionar mejor el duelo post-vacacional. Tanto a nivel externo, preocupándonos por quién se hará cargo de todas esas pequeñas –o no tan pequeñas- tareas de las que se responsabilizaba quien ya no está; como a nivel interno, esperando que el teléfono suene por una llamada de alguien que ya no podrá hacerla.

Muchas personas viven estas etapas de duelo post-vacacional con mucho estrés y ansiedad. El dolor de reconstruir una rutina en la que ya no estará alguien querido es enorme: no queremos que nadie más lleve a los niños al colegio, pues sería aceptar, y acostumbrarnos, a renunciar a la compañía de nuestros seres queridos fallecidos. Es una lucha interna: una parte de nosotros, de manera natural, va asimilando su ausencia; la otra se resiste.

Este proceso emocional, duro y complejo, es completamente normal: no debemos sentirnos mal por ello. Volver a cuadrar nuestra rutina sin ellos no es una traición, sino aceptar que la vida sigue y que debemos caminar por ella, aunque ya no podamos contar con su compañía. Por supuesto, aceptarlo es algo que lleva su tiempo: no puede hacerse de la noche a la mañana, y es importante que, si alguien cree que no puede hacerlo por sí mismo, pida ayuda.
Pasado un tiempo, el duelo va dejando un poso a lo largo de los días, semanas y meses: de alguna manera, quienes se han ido siguen estando con nosotros. Pero, eso sí, de una manera diferente: viven en nuestros recuerdos, en nuestros pensamientos y en nuestro corazón. Conforme pasan los días, vamos recordando todo aquello que nos enseñaron, todos sus consejos, las conversaciones, el amor que nos han dado, los abrazos, las miradas… Todas esas vivencias que nadie, nunca, nos podrá quitar.

Por ello, ante el duelo post-vacacional no hay mejor solución que volver a la rutina y seguir teniendo siempre presentes a nuestros seres queridos, aunque ya no estén. Recordarles con amor, y no con agobio; con cariño, y no con apego. Que la memoria sea una fuente de fortaleza y no de debilidad: hagámoslo por nosotros y por ellos, por el amor que ahora y siempre nos seguirá uniendo.

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