El duelo es un proceso que cada persona vive de una forma individual y completamente diferente. Las personas adultas, habitualmente, saben a lo que se enfrentan: la perspectiva de emprender un nuevo camino sin un ser querido al lado, la complejidad emocional que puede suponer y los conceptos de vida y muerte se aprenden con el tiempo, pero a edades tempranas todavía no se tienen nociones al respecto. Por ello, el duelo para los niños debe tratarse de un modo especial, sobre todo respecto a lo que no debemos hacer.

Es importante destacar que a los niños, pese a su inocencia y la lógica inmadurez propia de la edad, nunca debe ocultárseles la realidad. Que los más pequeños de la casa pasen por una fase de duelo debe servir precisamente para, pese a los contratiempos emocionales que pueda conllevar, que aprendan cuestiones que antes o después iban a aparecer y con las que deberán convivir durante toda la vida que tienen por delante.

Prácticas como poner nombre a las emociones, mostrar empatía y dejar que se expresen, incluso en ocasiones negativamente, son básicas para que los niños puedan exteriorizar lo que sienten, sentirse arropados psicológicamente y comprender por sí mismos la situación.

Pero, además de aplicar el sentido común y la madurez, en el caso de los niños hay que tener presente lo que nunca debemos hacer. Ciertas costumbres, algunas de ellas incluso extendidas socialmente, que son contraproducentes para que los pequeños de la casa comprendan, asimilen y superen los procesos de duelo.

  • Mentir. El propio dolor de los adultos en ocasiones se traduce en una falta de asimilación del duelo que, traspasada a los niños, directamente se convierte en mentira. Decir que la persona fallecida está de viaje, que se ha ido a otro lugar u ocultar la realidad es un grave error que nunca debe cometerse. Ante el duelo, siempre es preferible una verdad dolorosa que debamos superar que una mentira amortiguadora que, cuando se destape, sea doblemente perjudicial.
  • Forzar. Acompañar a una persona en el duelo significa jamás forzar las emociones, y eso es doblemente importante en el caso de los niños. No podemos tratar de que se sientan obligatoriamente mejor si en su interior sienten otra cosa. Paciencia.
  • Ocultar. No solo no debemos ocultar la realidad, sino nuestras propias emociones. Es natural querer mostrar una imagen de equilibrio y serenidad para transmitir paz a los niños, pero eso no significa que sea negativo expresar nuestras emociones y abrirnos. De hecho, eso ayudará a que los niños puedan articular con palabras algunas emociones que probablemente estén sintiendo por primera vez.
  • Aislar. No se trata de dar a los niños un papel que no les corresponde por edad ni posición familiar, pero tampoco debemos aislarles de todo lo que un fallecimiento implica en aras de una supuesta protección emocional. Situaciones como la visita al tanatorio o un funeral no son plato de buen gusto para un niño, pero pasar por ahí le hará comprender lo que está sucediendo con mayor poso.
  • Acaparar. Aunque los niños estén a nuestro cargo, sean nuestros hijos o hermanos pequeños, no debemos pensar que ayudarles a superar el duelo es únicamente nuestra responsabilidad. El duelo para los niños se articula de forma coral, igual que sus vidas: hacer partícipes a profesores, monitores, tíos, abuelos y otros adultos con los que interactúe en su vida diaria puede ayudarle a sentirse más protegido emocionalmente y querido.

El duelo para los niños es una situación que trae un compendio de emociones y escenarios para los que todavía no están preparados. Aunque sea de manera inesperada, a la fuerza, también suponen un punto de inflexión psicológicamente para los más pequeños de la casa, que aprenden cuestiones vitales que antes o después llegarían. Sobre todo, si están junto a adultos que saben lo que deben y, sobre todo, lo que no deben hacer.

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