Hay tantos tipos de duelo como personas y situaciones. Una misma persona, a lo largo de su vida, puede convivir con el duelo de formas muy distintas en función de la cercanía con quien fallece, las causas del deceso, su propia etapa de madurez personal y prácticamente un número infinito de variables. Pero, de entre todas las casuísticas posibles, una de las más complejas a tratar es el duelo después del suicidio: asimilar la idea de que quien se ha marchado no quería seguir con vida. 

El duelo después del suicidio, en esencia, puede presentar los mismos elementos que cualquier situación de duelo cotidiano, aunque alguna de las fases pueda acentuarse. Inicialmente, costará asimilarlo y podría llegar incluso a haber una negación. La ira, la negociación, la desesperanza o la asimilación se pueden suceder tras perder a alguien por un suicidio o tras una muerte natural, pero pese a las similitudes sí conviene pararse a desglosar los detalles de las muchas diferencias que entrañan.

La principal complejidad emocional a la hora de convivir con el duelo después del suicidio se encuentra en un territorio limítrofe entre los sentimientos de quien se ha ido y los de quien se queda en su ausencia: ¿Por qué ha tomado esa decisión? ¿Existía otra salida? ¿Se han tenido en cuenta los sentimientos de las personas que deben seguir su camino en su ausencia? ¿Quién tiene la culpa de esto?

Cuando una persona opta por quitarse la vida, el duelo suele ir muy unido con la sensación de culpa. La sensación de que si quien se ha ido hubiese tenido un camino vital más agradable y con más compañía o atenciones, la desgracia podría haberse evitado. Es una reacción casi instintiva de quien vive de cerca estas situaciones pero, por frecuente que sea, no implica que esta percepción esa acertada ni, por supuesto, conveniente en estos casos.

Para aprender a convivir con el duelo de una persona que voluntariamente ha decidido dejar de vivir se requieren unos mecanismos emocionales sólidos, unos cimientos que permitan cumplir con las tareas del duelo dejando la culpa a un lado y una compañía, ya sea a título personal o profesional, que nos dé la mano y ayude a resolver todas las aristas emocionales con las que nos podamos encontrar.

El duelo después del suicidio hipertrofia la posible sensación de culpa; trae consigo las más duras emociones del duelo inesperado; minimiza la capacidad de reacción psicológica y desbarata cualquier plan que pudiéramos tener. Pero, pese a todo, en última instancia podemos aprender a convivir con ello. Nuestra capacidad de supervivencia emocional y el afán inherente al ser humano de salir adelante prevalecen sobre los mil y un obstáculos que aparecen por el camino.

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