El duelo es un proceso emocional que arranca cuando una persona pierde a un ser querido. Cuando el suceso tiene lugar, comienza una relación psicológica entre el afectado/a que vive el duelo en primera persona y toda una serie de sensaciones, emociones y percepciones que aparecen como si surgieran de la nada. Pero, pese a que en principio pueda resultar equiparable, comparar casos de duelo nunca es una buena idea. Da igual que dos personas hayan perdido a su padre, a una hermana o incluso que la muerte haya sido de una mascota.

El duelo comprende tantos matices que es imposible que haya dos casos iguales. La relación con la persona fallecida, los últimos momentos previos juntos, si la muerte era inesperada o no, su edad, la distancia, la forma de recibir la noticia… Infinitos factores determinan cómo será el duelo en sus inicios, cómo se configurarán esas emociones desconocidas hasta el momento y de qué manera se vive, siente y hasta sufre en primera persona.

El comienzo del duelo se vive como el arranque de una convivencia. El duelo es algo con lo que debemos aprender a convivir porque no se supera, sino que se avanza a través de tareas emocionales que implican que, llegado el momento, sepamos vivir con esa ausencia sin que suponga un pesar continuo. Es una fase de introspección, de reflexión y de mirarse tanto hacia adentro como hacia el exterior.

Comparar casos de duelo es tan aventurado como equiparar lo que ocurre en la cabeza de dos personas. Su forma de afrontar una situación, de recibir informaciones del exterior, de relacionarse con sus seres queridos o de hablar consigo misma para avanzar en sus propias tareas emocionales son realidades indudablemente individuales. Demasiado personales como para atreverse no solo a compararlas con las que vive otra persona, sino incluso para juzgarlas desde el exterior.

Por supuesto, no sólo los factores inherentes al duelo y la muerte de la persona querida influyen en el duelo. También la forma de ser de quien pierde a su familiar o amistad tiene muchísimo que ver. La madurez emocional, la edad con la que se afronta el duelo, los recursos emocionales o la compañía, entre todo otro océano de variables personales, definen una ecuación con incontables incógnitas y ninguna comparación posible.

Que no sea posible comparar casos de duelo por tratarse de algo tremendamente individual no implica que el duelo solo deba vivirse en primera persona del singular. Esas tareas emocionales serán más llevaderas en compañía, ya sea con una persona de confianza o contando con ayuda experta.

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