La felicidad es una decisión que debemos abordar todos los días

— Andrés Corson

Mausoleo de Mao: la megalómana tumba del dirigente comunista chino

El mausoleo de Mao es una de las principales atracciones turísticas de Pekín
A lo largo y ancho de la geografía mundial, el culto a determinadas personalidades o grandes líderes ha llevado a la construcción de lugares para su eterno descanso de proporciones inmensas. El mausoleo de Mao, máximo líder de China desde 1946 hasta su muerte en 1974, es una de las ejemplificaciones más elocuentes de la unión entre la pleitesía a la personalidad de personajes ilustres y, en su caso, la peculiar cultura china respecto a la muerte.

El mausoleo de Mao Zedong, construido entre los años 1976 y 1977, comenzó a levantarse al poco tiempo de la muerte del dirigente comunista. Se encuentra en Pekín, en pleno centro de la histórica plaza de Tiananmen, de gran valor simbólico para entender la historia del comunismo en China. Al igual que otros líderes comunistas, en vida Mao pidió ser cremado, pero sus restos fueron embalsamados y expuestos.

Hua Guofeng fue el sucesor de Mao al frente del país y del Partido Comunista, y también quien dio la orden de construir la edificación. El culto a la personalidad que promovía Goufeng se tradujo en la práctica en una megalómana construcción en la que participaron, según algunos documentalistas, más de 700.000 ciudadanos chinos de todas las regiones y ciudades del país, de manera voluntaria.

Lujo para preservar el recuerdoAlrededor del mausoleo de Mao hay estatuas representando a distintos grupos de la sociedad china

Granito, platos de porcelana, piedras de colores, cuarzo, roca del Everest… El culto a la figura de Mao era (y sigue siendo) de tales proporciones, que el edificio levantado para albergar sus restos físicos, además de su recuerdo y mensaje, contó con unos materiales y unas dimensiones de gran calado.

A sus alrededores, en recuerdo de sus orígenes agrarios y políticas de colectivización, el mausoleo de Mao está rodeado por esculturas de campesinos, pero también hay figuras de soldados, proletarios y estudiantes.

En su interior, los restos de Mao Zedong descansan, al igual que los de otros históricos comunistas como el ruso Lenin, el vietnamita Ho Chi Minh o el norcoreano Kim Jong-Il, en una tumba de cristal. También se hizo así con Stalin, cuyo cuerpo estaba expuesto en el mausoleo de la Plaza Roja de Moscú en el que se encuentra también Lenin, aunque fue retirado una década después de su muerte.

Mao, perfectamente a la vista y tapado con una bandera roja, sigue siendo en China objeto de culto, aunque históricamente es una figura que genera controversia. Ya sea considerado un revolucionario y líder que mejoró la vida de los ciudadanos de su país o un tirano opresor que dirigió la nación con mano de hierro y provocó millones de muertes, su figura es una de las más ilustres del país asiático y, además, también de las más visitadas.

El mausoleo de Mao como atracción turística

Hoy en día, los millones de visitantes que atrae cada año la capital china tienen en el mausoleo de Mao una de sus principales atracciones turísticas. Los restos del dirigente comunista están en permanente exhibición, día tras día, disponibles para visitantes, amantes de la historia y curiosos que se acerquen hasta el punto que antiguamente era la entrada sur de la Ciudad Imperial.

El monumento, que habitualmente tiene largas colas en el exterior para poder acceder, permite ver fugazmente los restos de Mao durante el día, antes de ser preservados a baja temperatura y con las condiciones exactas de humedad y luz que eviten su desgaste y le permitan seguir luciendo en buen estado ante los visitantes y los ramos que le depositan en su mausoleo como muestra de ofrenda y respeto.

La cultura china de la muerte, basada en la inmortalidad del alma, se une al culto a las personalidades en el caso del mausoleo de Mao para ar como resultado una de las construcciones más famosas, visitadas e icónicas de China. La megalómana tumba alzada para el dirigente comunista es un símbolo de Pekín, un paradigma de la cultura del país asiático y una floral reivindicación de su legado por parte de aquellos que le recuerdan con nostalgia.