La felicidad es una decisión que debemos abordar todos los días

— Andrés Corson

Enfermos terminales: cómo afrontar mentalmente la última etapa de la vida

Enfermos terminalesVivir el duelo por anticipado supone alargar un proceso de dolor, emocionalmente difícil con el que convivir. Es un proceso que, si bien ayuda a ir asimilando poco a poco la realidad antes de que se produzca el esperado suceso, puede llegar a ser psicológicamente agotador si se dilata más de lo previsto. Pero, sobre todo, es complejo cuando los enfermos terminales lo viven en primera persona. El duelo anticipado visto en el espejo.

Si ya es complicado asumir que la vida de una persona cercana se apaga poco a poco, que el avance de una enfermedad sin solución nos va a privar en el futuro de una querida compañía, puede ser todavía más complejo cuando se vive en nuestro interior.

El duelo, por mucho que se viva en compañía, siempre tiene un componente de privacidad y de introspección que, aunque el proceso se comparta con otras personas, implica una serie de planteamientos internos y vivencias puramente individuales.

Todas esas complejidades se acentúan para los enfermos terminales, que al componente psicológico unen una patología severa que tiene unas consecuencias físicas que conectan todo el proceso: sufrir daños, notar cómo el cuerpo pierde funciones, hace que a todas las complicaciones psicológicas se sume cómo esa progresiva pérdida de capacidades corporales afecta mentalmente.

Cómo los enfermos terminales afrontan su última etapa

La atención psicológica debe ser muy cuidadosa durante la fase de cuidados paliativos. Puede ser frecuente que la persona afectada no sepa llevar la situación a la que le ha tocado enfrentarse: irritabilidad, desidia, actitud irascible, nula comunicación… Un sinfín de síntomas de hostilidad que reflejan todo el dolor acumulado de una persona protagonista que, ante la sensación de que nadie puede saber por lo que está pasando,

Por supuesto, esa hostilidad no es ni mucho menos una norma. Es una reacción comprensible y ante la que la única receta es la paciencia y la empatía, pero no necesariamente lo que todos los enfermos terminales manifiestan durante su última etapa.

Ante todo, un proceso así debe contar con una comunicación fluida entre el enfermo y quienes le rodean, desde su círculo de intimidad más próximo hasta expertos que colaboren en su asimilación. Es importante esa transparencia para que pueda darse un desahogo, pero también para que exista la sensación de tranquilidad, de que por mucho que avance la enfermedad y se mengüen las capacidades físicas, toda preocupación, miedo o esperanza ha sido compartida y exteriorizada antes de que sea demasiado tarde.

La personalidad, madurez y entereza de cada uno de los enfermos terminales que lleguen a experimentar este proceso determinará la forma en que lo afrontan, viven y comparten con su entorno. Hay que tener en cuenta que un proceso así no es estrictamente individual: la manera de recorrer ese camino que tenga la persona que lo protagoniza tendrá mucho que ver en cómo avanzan psicológicamente quienes le acompañan.

Sin cuentas pendientes

Una de las prácticas más habituales en estos casos es la pretensión de, mientras las capacidades físicas y mentales lo permitan, zanjar cualquier conflicto abierto. Muchas personas optan por elaborar una lista de cosas por hacer y asuntos por resolver: realizar aquello que siempre habían deseado, cumplir una última voluntad o resolver un viejo problema puede ayudar a aportar paz y tranquilidad, a pensar que en esta última etapa de la vida no basta con dejarse llevar hasta que no haya otra opción, sino que todavía pueden hacerse cosas con las que sentirse completo y realizado.

El equilibrio psicológico para enfermos terminales no es solo un duro proceso, sino un reto. Un desafío que explora los límites de su entereza y paciencia, que en ocasiones saca lo más extremo de las personas, desde su lado más altruista y familiar hasta los más escondidos rencores. Es, en definitiva, una etapa muy compleja mentalmente, en la que el inevitable sufrimiento no afecta únicamente a la persona que centra las miradas, sino a todo su entorno. Pero bien enfocado, con las cosas claras y una mano experta que trace la línea del camino, puede ser un proceso en el que saldar cuentas pendientes, aprovechar las últimas vivencias junto a las personas más queridas y, llegado el momento, prepararlo todo para por fin descansar en paz.