La felicidad es una decisión que debemos abordar todos los días

— Andrés Corson

Duelo en la distancia: cuando la muerte de un ser querido ocurre a miles de kilómetros

persona yendo al tanatorio después de hacer miles de kilómetros

Un proceso de duelo puede vivirse de millones de formas diferentes. Cada persona lo interioriza y afronta de una manera completamente individual, por lo que las generalizaciones pueden no aplicarse de la misma manera a cada caso concreto, aunque ciertas condiciones ambientales sí pueden ser comunes a diferentes situaciones. Hoy en día, por la situación personal y familiar de muchas personas, hay una que tienen en común muchas personas: el duelo en la distancia.

El trabajo, los estudios o cualquier otra circunstancia pueden hacer que una persona salga de su hogar y busque su propio camino en otra ciudad o en otro país. Además, la reciente crisis económica vivida en España ha llevado a muchos ciudadanos a buscar un futuro laboral más allá de las fronteras nacionales, lo que por supuesto implica un precio a nivel personal, social y familiar.

Vivir a miles de kilómetros puede provocar que una persona no esté junto a sus seres queridos en momentos importantes: celebración de logros, nacimiento de nuevos miembros de la familia, o incluso fallecimientos. Esa distancia, cuando llega el momento de decir adiós a alguien cercano, puede suponer una barrera psicológica más a sumar al hecho de vivir con un avión de por medio respecto a nuestros seres queridos.

Procesar la muerte de una persona cercana a miles de kilómetros del lugar de origen de una persona tiene ciertas implicaciones. Las personas conocidas como expatriadas, aquellas que viven fuera de su país de nacimiento, suelen tener la muerte de un familiar o amistad que sigue viviendo en su lugar de origen común uno de sus mayores temores a la hora de hacer las maletas para emprender un nuevo camino.

Las fases del duelo, desde el shock y la negación hasta la aceptación, pasando por la rabia y la desesperanza, suelen sucederse de una manera más o menos idéntica cuando la persona vive el duelo a muchos kilómetros de su hogar original, aunque posiblemente con un reparto diferente: el hecho de vivir en el extranjero de forma voluntaria puede intensificar el sentimiento de culpa inherente a ese proceso de duelo, ya que la persona puede sentir que no ha estado donde debía en un momento de necesidad.

Este sentimiento de culpa puede asentarse en una percepción de uno mismo como egoísta, ya que el hecho de estar en la distancia provoca que hayan sido otras personas las encargadas de pasar todo el proceso previo a la muerte con la persona fallecida, por ejemplo en casos de enfermedades prolongadas. También es frecuente creer, equivocadamente, que un fallecimiento podría haberse evitado de no haber estado fuera del país, o que esta distancia nos ha privado de estar junto a la persona fallecida el tiempo que realmente hubiésemos querido.

Gestionar el duelo en la distancia, con los agravantes de estas sensaciones, puede suponer una experiencia más compleja: llegar a la fase de aceptación, de asumir que la persona se ha ido para siempre, puede ser más difícil para una persona expatriada, que por esa condición se había acostumbrado a vivir su día a día sin la presencia de sus seres queridos. No estar presente habitualmente en los cumpleaños, celebraciones o domingos en familia, por ejemplo, hará que sea más complicado interiorizar esa ausencia, que sin embargo las personas que siguen viviendo cerca de sus seres queridos sí notarían desde el primer momento.

Estos momentos de complicaciones emocionales pueden agravarse si la persona que vive fuera, ya sea por motivos laborales o económicos, no tiene disponibilidad para volver a su lugar de origen a dar un último adiós a la persona fallecida. Poder vivir en primera persona momentos como el tanatorio o el entierro, aunque inicialmente sea duro, es importante para comenzar desde el principio con la fase de aceptación, ya que limitarse a recibir la noticia por teléfono o por una videollamada hará que esa primera toma de contacto psicológica sea menos personal y más distante.

Sinceridad ante todo

Para que una persona que vive en el extranjero pueda afrontar con mayor entereza un proceso de duelo, no siempre todo depende de su fortaleza emocional o herramientas psicológicas. También la familia, aquellos que siguen viviendo en su lugar de origen, tienen un papel muy importante en esto, y que se basa en una característica fundamental: la sinceridad.

Es importante, si tenemos una situación delicada y alguien viviéndola a muchos kilómetros de distancia, que seamos francos y transparentes. Evitar contar que alguien padece una enfermedad o se encuentra en un momento complicado solo hará que, si a la postre termina sucediendo lo inevitable, el golpe sea más duro -por inesperado- de lo que habría sido si el terreno hubiese sido previamente allanado.

Es preferible vivir una conversación que no desearíamos tener a ocultar lo que realmente está ocurriendo, ya que no solo el golpe emocional de un fallecimiento sería peor, sino también la sensación de la persona expatriada de que se le hubiese estado ocultando algo.

Para gestionar el duelo en la distancia, por suerte, hoy en día la tecnología permite un sinfín de ventajas que hasta hace no demasiado tiempo eran prácticamente una utopía: aplicaciones de mensajería instantánea con las que estar siempre conectados a nuestros seres queridos, videollamadas a la hora punta del mundo con el teléfono que llevamos todos en el bolsillo y multitud de recursos digitales con los que, pese a los kilómetros, sentirnos cerca de las personas que pueden ayudarnos en situaciones complicadas.

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