La felicidad es una decisión que debemos abordar todos los días

— Andrés Corson

Celebración de la muerte en México: ofrendas, baile, comida y folclore

La muerte en México, como en muchos otros lugares del mundo, no es sinónimo de tristeza. El final de la vida de las personas, en algunas partes del planeta, va asociado a una serie de ritos y creencias que lo convierten en un evento a celebrar. Lejos de la imagen de luto, duelo y respetuosa pulcritud que suele verse cuando se produce un deceso en España, en México es habitual una estampa muy diferente: música, colores, altares y toda una liturgia que alcanza su máxima expresión en el conocido como Día de los Muertos.

El Día de los Muertos, al igual que la celebración católica de Todos los Santos, tiene lugar el 1 de noviembre. En el caso del país americano, la celebración se extiende: desde la tarde del 31 de octubre hasta el 2 de noviembre, los mexicanos honran a los que ya no están. Esta festividad, que la Unesco declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, tiene un origen tan ancestral como difuminado: en la época precolombina, las tierras mexicanas ya mostraban un culto a la muerte muy marcado, con hasta seis celebraciones anuales en honor a sus difuntos, y que se unieron a las distintas celebraciones católicas tras la llegada de los evangelizadores.

Muerte en México: celebración y tradicionesHace alrededor de 3.000 años, era habitual que las comunidades indígenas conservasen el cráneo de los miembros de sus grupos que fallecían. De aquellos ritos iniciáticos se ha evolucionado a la forma en la que los mexicanos se acercan hoy en día a los que ya no están: el Día de los Muertos se entiende como una manera de compartir un momento con las personas fallecidas, para lo que se decoran sus lápidas y mausoleos, se cocinan los platos tradicionales favoritos y se festeja en su honor.

Antiguamente, esta festividad tenía casi un mes de duración, y según el calendario mexica (el que se seguía en sus tierras antes de la llegada de los cristianos) se celebraba entre el octavo y el noveno mes del año. Con la venida de los pobladores, la celebración se trasladó de forma que coincidiese con la festividad cristiana, pero no por ello sus ritos se hicieron a un lado.

Las almas de aquellos que abandonaron la vida física reciben durante dos días y medio visitas, ofrendas y regalos que tratan de vincularlos con la vida que dejaron atrás. Además, esta liturgia tiene tras de sí una arraigada creencia: quienes hoy veneran a sus fallecidos, en el futuro recibirán el mismo trato cuando ya no estén.

Orígenes ancestrales

La idiosincrasia mexicana está fuertemente marcada por dos de las tribus que la poblaban antiguamente, cuyos ritos y cultura prevalecieron al avance de los siglos y cuyos monumentos y creencias todavía se mantienen en muchas regiones del país. Mayas y aztecas dominaron la región, así como los territorios que hoy en día ocupan otras naciones centroamericanas, durante distintas fases de la historia. Estas dos civilizaciones, especialmente la maya con su dios de la muerte Ah Puch (aunque también los aztecas tenían dios y diosa de la muerte), tuvieron una peculiar relación con el fallecimiento de los miembros de su comunidad que se extiende hasta hoy día.

Lo que hoy es el Día de los Muertos viene desde años antes de Cristo, época de predominio maya, que se extendió hasta casi la llegada de Colón a América. Hoy, es una festividad glosada por las más distintas representaciones de cultura popular mexicana. Literatura, televisión, películas, canciones e incluso videojuegos muestran en la ficción estos rituales prehispánicos que sobreviven al tiempo.

Cada región de México tiene sus propias costumbres y rituales alrededor de la celebración del Día de los Muertos. La muerte no es un suceso triste en sí mismo, sino una etapa más de la vida que se acepta como tal. Un paso más allá de la existencia física que no implica que una persona, ni especialmente su memoria, dejen de sentirse, y que con un trasfondo común de jolgorio y folclore se manifiesta con pequeños matices diferenciadores de norte a sur y de este a oeste.

Muerte en México folcloreLos objetos elegidos para esta festividad tienen su significado, por lo que es importante recurrir a lo que la tradición marca: el tradicional pan de muerto, imágenes de la persona fallecida, otras de algún santo, semillas, fruta, un mantel blanco, sal o agua son algunas de las cosas que no pueden faltar en el costumbrismo mexicano. Pero, sobre todas las demás, una: las calaveras.

Los cráneos simbolizan a los que ya no están, y la imagen de calaveras es la más recurrente durante estos días. Coloridas, inmensas, en relieve e incluso en formato dulce para comer: el simbolismo de las calaveras es vital para este festejo.

Todo un ritual de celebraciones que cada año termina con la llegada de la Santa Muerte el 2 de noviembre. Esta controvertida figura popular mexicana, manifestación simbólica de una idea común a distintas religiones y civilizaciones antiguas, comenzó a mostrarse como tal a finales del siglo XVIII, cuando los indígenas mostraban su adoración a un esqueleto.

Aunque algunas religiones e iglesias consideran esta figura diabólica y desaprueban la veneración que se le muestra, muchos ritos populares mexicanos siguen teniéndola como una figura de culto cuya llegada simboliza el final de sus festejos en honor a los fallecidos. También se ha desvirtuado su imagen a raíz de que grupos delictivos la hayan tomado como su marca, aunque su significado es otro para sus defensores: canoniza a la muerte por el penoso papel que le ha otorgado el destino, el de llevarse del mundo a las personas, lo que desde la parte crítica aseguran que trivializa la vida humana y se usa como pretexto criminal, hasta el punto de estar mal vista en muchos sectores de la sociedad.

Con o sin Santa Muerte de por medio, México se viste de fiesta y color al mismo tiempo que otros muchos países a lo largo y ancho del mundo guardan silencio como muestra de respeto para las personas fallecidas. Es una forma de entender los decesos que, en lugares en los que se percibe como un suceso triste y desgraciado contrasta enormemente, pero que en un país de más de cien millones de habitantes se contempla como algo completamente natural.